Al sur del corazón

Al sur del corazón

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¡Arabia: vastedades enormes y oasis reparadores, luchas sanguinolentas entre tribus contrincantes y grandes orgías festejadas con máximo esplendor en las tiendas de los jeques! Su nombre sintetiza para nosotros la eterna lucha entre la vida y la muerte, entre la riqueza de los señores musulmanes y la pobreza extrema de los miles y miles de nómades que merodean por las cálidas arenas del desierto, entre los placeres de la carne y las exquisiteces del enigmático espíritu oriental. Mas en el siglo en que vivimos nos atrae todavía más pues en su aire se agita el fragancia a la vida que encierran sus entrañas: el oro negro, el petróleo, la fuerza que mueve, edifica, hace avanzar. Hans Ruesch, con ese estilo seductor que hiciese conocida su obra El País de las Sombras Largas, nos lanza en Al sur del corazón a una grande, horrible y alucinante aventura a través del sol y la arena. Vamos a deber continuar a un enorme ejército de incompetentes a cargo de un joven aventurero más incompetente todavía, mas que el apetito, la necesidad y el temor van transformando poquito a poco en un elegido conjunto de hombres prestos a proseguir a su caudillo, el más imprudente de todos, a donde este vaya. La descripción de las escenas, en las que se mezclan lo espantoso y lo precioso, y el diálogo pleno de aforismos y proverbios diestramente escogidos en los libros sagrados y en el habla sentenciosa del islam, hacen que la caravana nos arrastre a padecer la sed y el apetito o bien a disfrutar de la generosidad de los palacios. Y envolviéndolo todo, el petróleo, la horrible sangre del desierto, cuyo fragancia lúcida la ansía de los hombres y excita sus pasiones, impulsándolos a destruirse para entonces regresar a edificar y a renacer.
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