¡Arde, Hermosa Bruja!

¡Arde, Hermosa Bruja!

- Libro 108

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El aullido terrible se levantó en la noche. Fue tal y como si un cuchillo alarmante rascara las tinieblas que había alén del fuego. Tal y como si algo físico y afilado desgarrara la obscuridad de los tiempos lúgubres en que aquellas criaturas vivían. En que, asimismo, aquellas criaturas morían. De grado... o bien a la fuerza. Los ojos humanos se desorbitaron como los de la fiera acosada que ve la muerte ante sí, y esta, como la punta de una lanza brutal, desgarra sus supones, lanzándolas al viento helado del invierno áspero, solitario y atroz. El fulgor de las llamas encendió de colores y de luz su semblante bañado en sudor. El cuerpo semidesnudo, de ropas desgarradas, con lascivia prácticamente, se retorció entre cadenas y cuerdas. El pesado, macizo poste al que continuaba sosten, no se conmovió por este motivo. No era simple, dada su corpulencia y solidez en estar hincada a la áspera, dura tierra sacudida por los fríos vientos eslavos de diciembre.
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