Daaalí

Daaalí

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El último desvarío El pequeño Dalí primero deseó ser chef, después Napoleón y por último se decidió por ser nada más y nada menos que Salvador Dalí. Desde muy temprana edad entendió que la impunidad infantil, con sus desvaríos y excitantes misterios, formaban el cosmos que precisaba retener sin dejarse amaestrar frente al planeta adulto, construido sobre la neurosis de la realidad usual. Sus pretensiones tuvieron en este sentido un éxito total y Dalí logró fallecer pequeño, jugando sádicamente con la muerte a lo largo de años de agonía, tan solo por procurar verle el semblante a la intrusa, en una mezcla de curiosidad y miedo infantil. Sus obras, su libertad, las inclinaciones eróticas, el amor con Gala o bien su descarnada desvergüenza, revelan la autenticidad de una existencia enormemente seria y estricta, por estar exactamente fundamentada en el juego incesante. Este singular proceder despertó una enorme seducción pública, quizá porqué la teatralización de su vida provocaba en las masas un efecto catártico frente al impudoroso despliegue de personalidad. El Dalí que hemos conocido a lo largo de meses en nuestra sala de ensayos se ha comportado como un hombre atrozmente honesto, ingenioso, provocador, imprevisible y libertario; en suma, un ser ecológicamente indispensable para contrarrestar el meloso exhibicionismo de bondad farisaica que nos invade. Dalí no deseó jamás mostrarse bueno ni políticamente adecuado, odiaba el buen gusto burgués y la soberbia de las elites intelectuales que contraatacaban el menosprecio, postergando su enorme lucidez entre la insensatez y la comercialidad. Hoy día, un pecador semejante habría de ser merecedor de admiración y confianza, por esta razón la memoria de tan agradables horas en común la hemos sintetizado con toda pasión y parcialidad como desvarío final, cuyo título es la palabra que más le agradaba pronunciar: DAAALÍ. Albert Boadella
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