El Dueño del Infierno

El Dueño del Infierno

- Libro 119

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«El pueblo se agazapaba en la desolación del paisaje, aletargado en el calor y el viento del desierto. Las casas, las calles, las edificaciones públicos y los monumentos tenían una pátina vieja y terrosa, fruto del fino polvillo que los días en que silbaba el viento flotaba como una neblina que a veces velaba aun la luz del sol. En los días de intenso calor, cuando las calles desiertas solo eran cruzadas por algún cánido perezoso que procuraba las sombras en las aceras, uno podía imaginarse los tiempos idos, y prácticamente aguardaba ver aparecer un caballista sobre su caballo, luciendo ancho sombrero, pistolón al cinto y nudo en la silla. Entonces, cuando llegaba el tiempo inhóspito del invierno tibio y el sol dejaba de quemar la tierra y soplaba el viento, todo cambiaba».
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