El señor Phillips

El señor Phillips

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Todos y cada uno de los días laborables de los últimos treinta años, el señor Phillips ha salido de su casa en los suburbios con su maletín en la mano, y se ha dirigido a su trabajo en una compañía de servicios en la ciudad de Londres. Y el día de hoy, un templados lunes del mes de julio, va a hacer precisamente lo mismo, si bien ya nada va a ser igual. Para comenzar, no va a llevar un rumbo fijo, puesto que el viernes lo han despedido. No se lo ha dicho a su mujer, ni sabe si se lo afirmará, y solo puede charlar consigo, en un ininterrumpido soliloquio, de esta experiencia que ha trastocado por siempre su vida, de este cambio radical que inaugura una nueva etapa. Y de esta manera, este hombre sin atributos, este prudente contable de mediana edad, casado y con 2 hijos, emprenderá un especial viaje por la cotidianidad y por sí solo, un viaje que le va a traer encuentros inopinados -va a conocer a un inusual pornógrafo, proseguirá los pasos de una celebridad de la TV, se va a ver atrapado en el atraco a un banco- y no menos inopinados descubrimientos acerca de sí. La novela de Lanchester -y el día del señor Phillips- fluye con una aparente sencillez que linda con la perfección. De menudencia en menudencia, de recuerdo en recuerdo, se despliega frente al lector toda la estructura de una vida, el fidelísmo retrato del vecino de la casa de al lado, pintado con una sutileza prácticamente puntillista, lleno de matices. Es la épica sin heroísmos de una vida como todas y cada una, de un hombre que, como ha dicho Simone Weil, «abandonado en el cosmos no tendría ningún derecho, mas tendría deberes».
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