El tiempo de Anaïs

El tiempo de Anaïs

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Vivimos en el «tiempo de Anaïs» en el tiempo en que el amor platónico ha dejado paso al deseo físico, a la pasión sexual. La novela tiene un ritmo coitado, agónico, íntimo, tan característico en Simenon. Y también cinematográfico. Llueve, es otoño. Un hombre sale en automóvil de París. Se para en un pueblo. Entra en un bar, los habituales le miran con desconfianza. Afuera sigue lloviendo. Coge el teléfono y llama: «¿Es la policía? Mi nombre es Albert Bauche, y acabo de cometer un crimen». Después, el lector irá sabiendo cosas del criminal. Su mujer ha sido amante del muerto, pero antes lo había sido de docenas de hombres. No se trata de un crimen pasional. ¿Entonces? Tanto Albert Bauche como su mujer, Anaïs, pertenecen a la galería de honor de personajes de Simenon: secretos, aparentemente fríos pero marcados por la vida, y sobre todo, conscientes de sus debilidades. La debilidad de Anaïs es hacer el amor, con quién sea, no sigue principios ni reglas, es una mujer independiente. La de su marido, ser más frágil de lo que cree. La tragedia es inevitable, como lo es la novela. El lector aguanta el aliento, se deja arrastrar por la magia narrativa de Simenon, y al llegar al final guarda ese sabor agridulce de haber leído una gran novela, y de haber intimado con unos personajes que viven la vida a caballo de sus pasiones.
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