En honor de la verdad

En honor de la verdad

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«He querido usar la impersonalidad en esta nota, porque de egotistas, egocéntricos, engreídos y fatuos está el mundo lleno y es raro encontrar alguien que se crea artista o intelectual que no tenga metástasis de egolatría», afirma Valladares Álvarez en la nota de «En honor de la verdad». No logra ―en sus poemas― huir del yo (como quiere el budismo) porque «no se ha podido hacer otra cosa», pero también porque ―se pregunta― «¿con quién mejor vamos a estar que con nuestro yo?» Esa «cortesía gramatical», como dice Pierre Klossowski, llamada yo es, sin embargo, el punto de partida desde donde, gracias a un lenguaje colectivo, surge un mundo a la vez individual, subjetivo y universal: el mundo que el sujeto poetiza a partir de sus experiencias y de su tradición cultural (llámese Quevedo, Pessoa, Da Vinci, Ezra Pound, el mito de Jesucristo, entre muchos autores citados o evocados ―directa o indirectamente― por Valladares). Desde el primer poema, «Adivinación del poeta», se advierte un ojo involucrado en el mundo humano que rodea al yo, y no en la interioridad desgarrada del romántico. A la vez apocalíptico y jocoso, optimista y lúdico, la postura del poema que abre el libro es conocida: «El hombre [...] fragua la extinción» de su especie. Esta poesía le da prioridad al mensaje y en eso nos recuerda un poco a Enrique González Martínez, en quien yace un mundo profundo por descubrir en un lenguaje alejado de malabarismos verbales y del mero culto a la forma. Lo anterior es claro en «Asidero». Allí las imágenes se subordinan a las ideas y no al revés. Los poemas de Valladares son de ideas y conceptos. Hay hondo contenido que transita por estancias como el miedo y otras sensaciones, así como por el transcurso del tiempo, lo efímero de la banalidad, la juventud, el erotismo y la ciudad. Hay también a veces hallazgos como éste: «la prisa se diluía en el vacío/ como un Redoxon en tu sexo mojado/ y éramos magos de la noche y de la carretera,/ áfrodos guiados por los faros del coche/ hasta la sierra de Madrid». En otro poema, «Contra la (vana)gloria», las oraciones condicionales nos hacen descender hasta un decir «incontinente» de «improperios». A veces irreverente, siempre risueño ante las verdades absolutas, el verso se percibe escéptico a pesar del a menudo barroquismo lleno de adjetivación. Tal vez uno de los mejores poemas sea «La verdad absoluta», definida como «puta barata». A ella se dirige el poeta: «te vendes al ingenuo, al inseguro,/ al hambriento, al rico, al persuadido,/ al idiota, al fiel a no sé qué, a nadie,/ a aquel que necesita sopa boba». Se trata de un poema contra los esquemas, dogmas y doctrinas; arremete contra esa peste de la humanidad llamada «verdad»: «¿Dónde estás, cobarde infame?» Y concluye: «Vete a la mierda./ Maldigo tus mil huestes fluorescentes/ y me quedo con mi luz entre las sombras». JUAN ANTONIO ROSADO ZACARÍAS.
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