La momia que me amó

La momia que me amó

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Era la que llevaba la iniciativa en todo, con lo que decidí que fuera asimismo la que eligiera el instante ideal para besarnos, puesto que hasta ese instante lo único que habíamos hecho era unir nuestras narices muy al estilo esquimal. Un día, agotado de que nuestros labios no se unieran, le afirmé de broma, mas con el propósito de conocer sus intenciones: —Bueno, qué, ¿piensas aguardar otros 3 mil quinientos años para besarme?
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