La mujer de todo el mundo

La mujer de todo el mundo

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La condesa del Zarzal, acostumbrada al fausto y a la riqueza y, por su extrema hermosura, al rendimiento total de los que se hallan en su presencia, inopinadamente se encuentra al borde de la catástrofe económica en el momento en que los cincuenta y seis años de edad le revelan el principio del angustioso e inexorable declive de su hermosura. A la condesa se le vienen abajo los dos sillares que sustentan su vida: la opulencia y la hermosura, El modo como la condesa reacciona frente a tal ruina, consiste la fuerza motora de la acción que, por consiguiente, se bifurca en los dos episodios fundamentales en la vida de la condesa, dominada por la ambición e impulsada siempre por sus instintos sexuales. Para evitar la inminente catástrofe económica, la condesa seduce a su confesor, don Felipe, para que éste, en la confesión, aconseje a la joven Galindo, rica y huérfana, que se case con su hijo, Enrique, joven enfermo e impotente. De esta forma recuperaría su poder económico. Se las arregla, además para seducir al joven artista Eudoro Gamoda, quien, hasta los veintidós años, «abstraído, separado, emancipado del mundo externo por sus ambiciones y tareas..., se había olvidado de amar».
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