La tumba es mi casa

La tumba es mi casa

- Libro 134

· · ·
«En la tarde gris y desagradable, el sacerdote afirmó las últimas oraciones y lanzó un tanto de agua bendita sobre el sepulcro. Los enterradores continuaban con la cabeza gacha, descubierta, a los dos lados de el sepulcro. Una mujer gimoteaba silenciosamente. Un hombre se mordía los labios. El sacerdote expresó su franco pesar a los familiares. Un enterrador levantó la tapa del ataúd. El hombre se volvió de espaldas para no contemplar el semblante de la fallecida. La mujer se arrodilló para dar el último beso a la que en unos minutos descansaría por siempre dentro de la tierra. El ataúd fue cerrado con llave, de la que se encargó la mujer. Entonces, los enterradores se encargaron de la tarea de bajarlo a la fosa, a través de una pequeña cabria montada temporalmente. Era un instrumento que se utilizaba en ciertas ocasiones y se montaba y desmontaba con facilidad».
Estamos enviando el reporte, aguarda un momento.
Hemos recibido el reporte
Intenta descargarlo nuevamente dentro de unas horas

Gracias por tu colaboracion
Debes esperar un momento para poder enviar otro reporte.