Una tarde, un verano

Una tarde, un verano

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Esta es la zona que Erskine Caldwell conoce mejor. Tennessee, donde los caballos son criados con esfuerzo y donde se abandona la prole humana poco menos que a su suerte. Tennessee, donde el tono de la piel y el padre que se tuvo determinan el lugar en el establo y el puesto en la sociedad. Grover Danford detenta acá una situación privilegiada. Su finca de jacas domina la urbe de Wolverton. Adinerado y próspero, se deja ofrecer a Madge, su esposa, costosos regalos, ignorando los cuchicheos de la urbe respecto a las usuales idas y venidas que hace a Nashville, o bien los murmullos de la servidumbre sobre la ausencia de herederos en su casa… A Jim, administrador de la finca, asimismo le toca su puesto. Sabe de qué forma manejar a los pobres blancos que trabajan para él, a esos hombres ufanos y también irritables que con tanto celo conservan el estrecho margen de superioridad sobre los negros que les da el tono de la piel. Además de esto, se hace respetar de los negros. Es que estos saben del mismo modo dónde encajar en el trazado de las cosas… esto es, abajo. ¿Mas cuál es el pues ocupa Jeff, con su piel trigueña y su pelo obscuro y ondulado, cuyos compañeros de juego negros lo insultan con pullas alusivas a su «papá blanco»? ¿Quién pensará que estaba renuente aquella tarde en el cobertizo, en el momento en que una mujer blanca lo forzó a hacer el amor con ella? ¿Quién lo resguardará cuando el esposo de esta jure vengarse? ¿A qué lugar va a poder ir si los negros no se le aproximan y si los blancos desean descuartizarlo?…
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